UNA SOCIEDAD CADA VEZ MÁS IMPACIENTE

Ahora que los populismos en nuestra región han sufrido derrotas electorales, la cualidad de la democracia actual muestra una característica que empieza a repetirse en casi todas ellas: los presidentes están llegando al poder con menos respaldo político y las sociedades se han vuelto menos tolerantes y exigen resultados más rápidos. Esta combinación explosiva genera una política democrática muy frágil porque se desarrolla en un entorno institucional sumamente débil. En nuestro país se refleja de manera dramática porque la aplicación de las normas es baja, o bien, porque existe un amplio margen de discrecionalidad con respecto a su aplicación. Hay una ruta que se utiliza en el sentido de que las reglas formales cambian constantemente, entonces es obvio que existan indecisiones en el poder político debido a que, a menudo en este contexto, los actores políticos, no creen que la violación de las reglas acarreará sanciones y, además, porque es más probable que ellos generen reglas inestables para volverlas legítimas dejando de lado la probidad como requisito para cumplir con las reglas formales. El resultado es una alta incertidumbre y horizontes meramente temporales de corto plazo, en ese escenario, los políticos dejan de ser una alternativa que garanticen el uso de las reglas formales para lograr una gobernanza confiable.

La debilidad institucional viene desde el propio gobierno, hay un extravió ideológico y filosófico, sin bases fundamentales ni caudal partidario. No hay un verdadero cambio ni dirección institucional porque se ha decidido continuar con el modelo anterior, o por lo menos no hay la voluntad de impulsar las reformas necesarias y ofrecidas en campaña. No hay transformación, no se puede cambiar el “estado tranca”, no hay relación entre el cumplimiento y el cambio institucional. Es débil institucionalmente porque se siente que el Estado posee un control mínimo sobre el territorio nacional, o a veces parece un Estado inexistente, o donde el Estado es tan débil que falla en hacer cumplir la ley, o finalmente porque parece insignificante para garantizar lo institucional formal.

Rodrigo Paz llegó al poder con una estructura política mínima, no ha logrado alcaldes ni gobernadores propios, cuenta con escasa y fragmentada representación legislativa y parece que el único objetivo era ser presidente. Si el fin es arreglar el país, el medio para lograrlo es ser presidente, pero si sólo quiero ser presidente, donde dejamos al país. Después de las elecciones se ha instalado una «luna de miel» con el gobierno, período inicial donde la ciudadanía otorgó tiempo, margen y paciencia para que la nueva administración pusieran en marcha su programa de gobierno. Hoy esa luna de miel parece haber desaparecido. Rodrigo llegó al poder prometiendo cambios profundos, el electorado apostó por ese cambio, ofreció resolver problemas estructurales heredados, pero termino demostrando rápidamente que ganar una elección es mucho más sencillo que administrar las expectativas que genera esa victoria. Esto ha concebido una crisis de representación. No hay un problema de fondo que sea ideológico o filosófico. Ha pasado a segundo plano si el gobierno es de izquierda, centro o derecha. Lo que está en crisis es la capacidad de representación.

En nuestro país donde la sociedad está cada vez más fragmentada, con partidos políticos cada vez más débiles, con liderazgos cada vez más cuestionados, queda de manifiesto que se ha llegado al poder con apoyos electorales prestados más que propios, con una votación más en contra de alguien que a favor del proyecto Paz – Lara. Hoy vivimos las consecuencias, los niveles de tolerancia frente a los errores, han desaparecido. El resultado es que tenemos un gobierno con legalidad electoral, pero con enormes dificultades para construir legitimidad política y social.

Se está gobernando sabiendo que prácticamente la mitad del país no los acompaña, no se puede gobernar sólo para los míos, al gobierno le queda todavía un remanente que esperan resultados inmediatos, resolver las demandas, no se solucionaran con extender el estado de excepción.
El balance es altamente negativo, especialmente después de meses donde la agenda estuvo dominada por conflictos, errores sociales y políticos, demandas ignoradas o no atendidas, serios cuestionamientos sobre una corrupción galopante, amén de un profundo letargo en la administración del Estado. La economía sigue siendo un factor decisivo, inflación, gasolina, dólares, inversión y cambios estructurales al modelo económico; la sociedad continúa evaluando al gobierno principalmente por la evolución económica, y es en gran parte porque esos resultados todavía no impactan plenamente en la economía cotidiana, ya existe una percepción de que el rumbo económico no es el adecuado. Por eso, mientras la discusión política gira alrededor de escándalos no aclarados (relojes, maletas, oro, el asesor fantasma, acusaciones directas, seguridad, etc.), malos y descalificados funcionarios y disputas de poder, una parte importante de la ciudadanía sigue observando la misma variable que observó desde el primer día: la economía.

De allí que la fragilidad institucional y la debilidad de representación significan un problema, el desafío es como se administran estas falencias, el tiempo se agota y el país tolera cada vez menos las promesas incumplidas. No era solamente como ganar las elecciones, es como ser un gobierno diferente y como gobernar un país fragmentado, impaciente y desconfiado. Hay que generar las condiciones para lograrlo. Históricamente, nuestras instituciones oficiales han nacido débiles o fuera de equilibrio, parecen estar dominadas por una incertidumbre extrema y en incongruencia con los que tiene el poder. Hay factores que son importantes: inestabilidad del régimen, polarización social y desigualdad política. Esto crea una brecha entre los ciudadanos, aunque puede haber algunos arreglos institucionales (ej. el sistema de pensiones) que pueden desarrollar grupos de apoyo rápidamente. Hay actores socioeconómicos que no necesariamente están representados en el sistema político formal, hay la probabilidad de que el gobierno sobreestime su capacidad y provoque una confrontación fatal con ellas. El riesgo país parece ser una tendencia.

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