Por Ricardo V. Paz Ballivián

Perdón por el exabrupto del título. No es habitual en mí. Pero hay ocasiones en las que la realidad política boliviana exige abandonar por un momento las formas exquisitas para expresar con claridad lo que millones de ciudadanos sienten cuando escuchan determinadas declaraciones. La última de Evo Morales pertenece precisamente a esa categoría. Desde su refugio político en el Chapare, el expresidente ha decidido informar al país que no es candidato a la Presidencia y que se encuentra feliz dedicándose a la cosecha de tambaquí. Una imagen bucólica y apacible. Evo agricultor, Evo piscicultor, Evo hombre de campo, distante de las ambiciones del poder y reconciliado con las labores productivas.
No me jodan. ¿Acaso hemos vivido en países distintos durante los últimos siete años? Porque desde noviembre de 2019 hasta hoy, absolutamente toda la actividad política de Evo Morales ha tenido un único objetivo: volver a ser candidato presidencial. Todo, sin excepción. Su retorno al país. Sus giras permanentes. Sus congresos partidarios. Sus disputas con Luis Arce. Sus ataques sistemáticos al gobierno que ayudó a instalar. Sus movilizaciones. Sus bloqueos. Sus amenazas. Sus presiones sobre jueces, fiscales, dirigentes sindicales y militantes. Su permanente campaña electoral anticipada. Todo ha girado alrededor de su obsesión de volver al Palacio Quemado. No a la defensa de una idea. No a la construcción de una alternativa política. No a la renovación de liderazgos. No al fortalecimiento de su partido. A su candidatura. Una candidatura que, además, no solamente es políticamente inviable, sino jurídicamente imposible.
Conviene recordar un hecho elemental que suele perderse entre tanta propaganda. Evo Morales ya fue presidente tres veces y la Constitución establece límites a la reelección. Más aún, los tribunales nacionales e internacionales han dejado establecido que la reelección indefinida no constituye un derecho humano. Sin embargo, durante años insistió en desconocer esos límites. Primero mediante interpretaciones forzadas. Luego mediante recursos judiciales. Más tarde mediante campañas políticas. Finalmente mediante movilizaciones destinadas a torcer la voluntad de las instituciones. La democracia tiene muchos enemigos, pero uno de los más peligrosos es aquel que pretende utilizarla para eliminar sus propios límites. Porque la esencia de la democracia no consiste solamente en ganar elecciones. Consiste también en aceptar que existen reglas. Y que esas reglas se aplican incluso a quienes se consideran indispensables. Ahí radica el principal daño que Evo Morales le ha causado a la democracia boliviana.
No se trata únicamente de haber querido perpetuarse en el poder. Muchos líderes latinoamericanos han sucumbido a esa tentación. Lo verdaderamente grave es haber instalado la idea de que la voluntad de un caudillo está por encima de la Constitución, de las instituciones y de las normas que organizan la convivencia democrática. Esa lógica ha envenenado la política nacional durante años. Ha fracturado al oficialismo. Ha debilitado las instituciones. Ha radicalizado a sectores sociales. Ha convertido la ambición personal en una fuente permanente de conflicto nacional.
Y ahora, después de años de tensión, de bloqueos, de confrontación y de una interminable campaña personalista, pretende que los bolivianos creamos que no quiere ser candidato y que su verdadera felicidad consiste en cosechar peces amazónicos. No. Los ciudadanos podemos discrepar sobre muchas cosas. Podemos tener distintas posiciones ideológicas. Pueden, algunos ilusos, incluso, seguir apoyando a Evo Morales.
Pero nadie tiene derecho a renunciar a la memoria. La historia reciente está demasiado fresca para aceptar semejante intento de reescritura. Si Evo Morales hubiese estado realmente feliz cultivando tambaquí, Bolivia se habría ahorrado años de confrontación política, conflictos internos, crisis institucionales y amenazas permanentes a la estabilidad democrática. Por eso sus declaraciones no provocan credibilidad. Provocan indignación. Porque insultan la inteligencia colectiva. Y porque pretenden borrar de un plumazo una realidad que todos hemos visto desarrollarse día tras día durante casi una década.
A estas alturas, el problema ya no es que Evo Morales quiera engañar al país. El problema es que este mitómano parece creer que parte del país todavía está dispuesto a dejarse engañar … ¡No me jodan!
