LA APUESTA DE RODRIGO

Análisis del discurso presidencial del 6 de agosto

9Por Ricardo V. Paz Ballivián

Rodrigo Paz eligió, para su primer 6 de agosto en Palacio, el registro del optimismo. No fue un discurso breve ni contenido, y se extendió por más de una hora ante la Asamblea Legislativa, reunida en sesión de honor en la Casa de la Libertad, en Sucre. Se construyó sobre la idea de que Bolivia atraviesa un cambio de ciclo histórico. Desde su posesión, en noviembre, el presidente ya había ensayado esa misma gramática fundacional al hablar de un «Acuerdo Nacional del Bicentenario» y proclamarse, junto a su gobierno, heredero del «Tricentenario». El mensaje de este jueves confirmó que aquello no fue una frase de ocasión, ya que es el eje narrativo que ha decidido sostener. El presidente no se limita a administrar una transición e insiste en que está fundando una época, y llegó incluso a sostener que «una nueva Bolivia está naciendo» pese a la resistencia de lo que llamó el pasado.

Ese optimismo cumple una función política precisa, y esta vez vino acompañado de una cifra concreta para sostenerlo. Paz destacó que el riesgo país boliviano «cayó de 2.200 a 421 puntos en menos de nueve meses», un dato que buscó capitalizar como prueba de que la recuperación de la confianza, su primera apuesta económica, ya está rindiendo frutos. Es, sin duda, la cifra más citable del discurso, y no es casual que la haya elegido como ancla de su relato. En un país donde la conversación cotidiana gira en torno al dólar paralelo y la fila en el surtidor, un indicador financiero abstracto solo cobra sentido si el presidente logra traducirlo, en el corto plazo, en gasolina disponible y precios estables. Ahí está el verdadero desafío de comunicación que enfrenta esta narrativa. La confianza de los mercados es necesaria, pero no sustituye a la confianza de la calle.

El tono crítico hacia el ciclo anterior no estuvo ausente, aunque se combinó con una defensa explícita del diálogo. Paz recordó los 53 días de bloqueos que, señaló, aislaron a Bolivia del mundo, y fue elocuente al reclamar rendición de cuentas sobre las viejas promesas del MAS, incluyendo la del «mar de gas» que nunca llegó. Pero el énfasis no estuvo en la confrontación sino en la responsabilidad asumida. Dijo que le tocaba tomar decisiones postergadas por más de una década y que su gobierno está, en sus palabras, «ordenando la casa». Es el mismo contraste que ha cultivado desde el inicio de su gestión, pluralidad y diálogo frente al liderazgo hegemónico de partido único, y que ahora intenta posicionar no solo en el relato, sino en una institucionalidad concreta. El anuncio de un Alto Comisionado para la Integridad Institucional y la Justicia, que encabezará la política de transparencia y representará al Ejecutivo en la reforma judicial, es la traducción más tangible de esa promesa de un estilo distinto de gobernar.

En el terreno estrictamente político, el mensaje confirmó el giro que veníamos observando. En lugar de pactos cupulares entre tres o cuatro liderazgos, Paz convocó a un Gran Acuerdo Nacional para el Desarrollo que, según remarcó, no pertenece a ningún partido ni a su propio gobierno, sino al país. Es una apuesta por construir consensos alrededor de políticas públicas concretas, y no de reparto de cuotas de poder, coherente con el modelo de mayor autonomía departamental que el Ejecutivo viene promoviendo desde hace meses. El riesgo, otra vez, es que ese ideal de horizontalidad choque con la velocidad que exige la implementación.

El propio discurso trazó una hoja de ruta con seis compromisos verificables en el corto plazo, empezando por el envío del proyecto de Ley de Inversiones a la Asamblea el próximo 11 de agosto, seguido de las leyes de Hidrocarburos, Minería y Asociaciones Público-Privadas, un nuevo modelo de gobernanza para el sector hidrocarburífero antes de fin de año, y una agenda de mayor inserción internacional que incluye el impulso al Hub de Viru Viru y un encuentro de la Urupabol. Son plazos concretos y auditables, lo cual es una novedad saludable frente a la vaguedad habitual del discurso oficial boliviano, pero también son plazos que solo se sostienen si la construcción de consensos avanza a la misma velocidad que los anuncios.

El estilo personal completa la exposición. Paz insistió en que la reconstrucción del país exige antes que nada recuperar la confianza, y ancló ese argumento en su propia gestión de la crisis heredada. Restricciones cambiarias, riesgo país disparado y desconfianza de los mercados internacionales. Ese relato de gestor pragmático, más que de caudillo, sigue siendo su activo político más valioso, y el discurso del 6 de agosto lo explotó a fondo, apoyado ahora en cifras y en una hoja de ruta con fechas. Pero un estilo se sostiene con resultados sostenidos en el tiempo, y la brecha entre el dato macroeconómico, el riesgo país en descenso y la percepción cotidiana del boliviano de a pie sigue siendo el verdadero examen pendiente del gobierno.

La apuesta de Rodrigo Paz, en suma, es doble: refundar el estilo de hacer política en Bolivia sobre la base del diálogo y los acuerdos por políticas públicas, y al mismo tiempo reabrir la economía sin renunciar al rol del Estado, todo respaldado ahora por una hoja de ruta con plazos concretos. Es una apuesta ambiciosa, más aterrizada que la de su discurso de posesión, y necesaria después de dos décadas de un modelo agotado. Su éxito, sin embargo, no se medirá en la elocuencia de la Casa de la Libertad ni en la caída del riesgo país, sino en si el 11 de agosto llega efectivamente la Ley de Inversiones, si las leyes siguientes se aprueban sin naufragar en la Asamblea, y si esa «nueva Bolivia» empieza a sentirse también en el bolsillo del ciudadano común. Ahí, y no en el discurso, se jugará si el país entra de verdad a su tricentenario con el rumbo que Paz prometió.

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