BOLIVIA DESPUÉS DEL STRIPTEASE

Poco después de la posesión de Rodrigo Paz, una amiga cocha-trumpista me comentó que estaba gratamente sorprendida con el viaje del nuevo presidente —por quien no votó— a una reunión con Trump, a quien ella y su musculoso marido profesan culto religioso —les trae sin cuidado compartir credo con los Homo Habilis Kid Rock y Josh Hokit—. También le aplaudía la composición del gabinete ministerial, compuesto por figuras de trajes finos que habían militado con Samuel o Tuto. Afirmaba, riendo, que Rodrigo había engañado magistralmente a Lara y a la horda de masistas que le habían dado su voto. Y de paso, le encantaba lo bien que se vestía la primera dama.

Ese comentario generalizado tendría que haber encendido las antenas del prescindible asesor Cerimedo. Porque si la sociedad gourmet celebraba las medidas de Paz, seguro que la población urbano-popular que le había prestado su voto estaba sorprendida y molesta y no tardaría en protestar.

Por mi parte, confieso que en un principio celebré el giro de timón del flamante presidente, consciente de que algunas de sus medidas eran torpes —tanto que tuvieron que abrogarse—. Yo ya estaba harto del MAS: su distorsión ideológica, su prorroguismo antidemocrático, su corrupción. Recuerdo que mi molestia llegó a punto de ebullición uno de esos días de fila eterna para cargar gasolina, con el sol en la cara y la laptop balanceando en mis piernas, escuchando en la radio las acusaciones de corrupción contra los hijos de Arce. Entonces le deseé a la oligarquía masista una larga estadía en Chonchocoro, Auschwitz, o en esa prisión que Bush llamaba, sonriendo, Guantanamera.

Pero más pronto de lo previsto estalló un conflicto de más de cincuenta días, donde todos —gobernantes, opositores, bloqueadores, analistas, ciudadanos impíos y beatos— hicimos un striptease profundo aunque nada sexy. Además de abdómenes descuidados, exhibimos, en su total pureza, la oscuridad de nuestras almas: las contradicciones, el racismo, los dogmas, la mezquindad, la deshonestidad y, sobre todo, nuestro desapego hacia todo lo que queda afuera de nuestra individualidad.
Yo tampoco escapé del striptease. Develé impaciencia e incoherencia. Un día apoyaba a Paz y su insistencia en el diálogo, y otro deseaba intervención militar, extranjera e intergaláctica. Extracción hollywoodense de Evo, del cínico de la COB y otros dirigentes sediciosos que, más que líderes de los desfavorecidos, son lunares peludos y tumores malignos que tienen postrado al país. Sin embargo, me resultan legítimas las demandas de sectores golpeados por la inflación, la gasolina basura, el estado de los caminos, la “ley Marinković” o la eliminación de la subvención de la harina.

Esa frustración atraviesa a la desamparada clase media, a los que no militamos en partidos ni sindicatos, no tenemos bases y no bloqueamos. Nos quejamos menos y pareciera que aguantamos más. Pero cuesta sobrevivir, mantener a la familia, sacar adelante las empresas, pagar empleados. Cuesta surfear en este país que no tiene mar pero nos azota con olas bravas desde hace años. Uno tiene que esforzarse para no quebrarse, mantenerse a derecho y no caer en la tentación de montar un narcoaserradero.
Salvo descargar en redes insultos y pesimismo, poco podíamos incidir en el conflicto. Me resistí a acompañar a mi amiga cocha-trumpista a la marcha por la paz convocada por intrascendentes instituciones (dress code: white), consciente de que el verdadero fin era darles tribuna a sus todavía más insignificantes representantes y escuchar sus discursos vacíos y oportunistas. Su esposo musculoso tampoco fue. Se quedó en casa a desempolvar su bate de béisbol, por si el azar jugaba a su favor y reeditaba aquel enero negro que recuerda con nostalgia.

Tras el striptease, ya nos estamos vistiendo, peinando, maquillando. Los discursos son más democráticos y los análisis más equilibrados. En retrospectiva, creo que es mejor que no se haya optado por la mano dura que pedían de uno y otro extremo, inconscientes —o ultra conscientes— de sus ganas de expresar, a través de un balazo, su incapacidad de diálogo y su falta de voluntad para vivir en un país heterogéneo.

Hacia adelante, hay que tomar previsiones para que esto no vuelva a ocurrir. Esto no significa importar armamento ni traer a los marines, como pide mi amiga en Truth Social para agitar a sus siete seguidores, sino construir alianzas nacionales, acuerdos programáticos sectoriales, un gobierno plural y representativo, un discurso conciliador, democrático y respetuoso que contagie a la sociedad civil… Así, en un próximo striptease —que espero me pille con mejor físico—, quizás mostremos un alma más blanca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *