
27 de septiembre.- Hay una cuestión de análisis que preocupa y es que la cada vez mayor polarización política, puede terminar en violencia política. Esta polarización se puede tornar letal porque están convergiendo varias fuerzas: porque la hostilidad de afectos se fusiona con el temor a las diferencias demográficas, territoriales y al desplazamiento político (oriente, occidente, cambas, collas, chapacos, etc., etc.), porque los grupos de representación política solo ven el control del sistema político como una cuestión de supervivencia colectiva (el acuerdo político nacional está cada vez más lejos, y por culpa del gobierno) y porque el Estado no está siendo claro en la aplicación de la igualdad ante la ley (no hay detenidos por los escándalos de las maletas, el oro, los audios policiales, etc. Está de moda liberar a los acusados con detención domiciliaria o como el expresidente Arce exigir respeto a sus derechos para recibir atención médica, cuando su gobierno dejo morir en la cárcel al inocente Marco Antonio Aramayo ex director denunciante del escándalo Fondioc, la lista es larga). La democracia de masas aumenta el peligro al transformar la diferencia demográfica en poder político si no perduran un orden cívico y un sentido de pertenencia común. En una sociedad que se debe caracterizar por confianza mutua, afecto y amplio consenso, la violencia política sería difícil de imaginar. Incluso en sociedades marcadas por profundos desacuerdos y hostilidad mutua no deben necesariamente degenerar en violencia.
Entonces, es más probable que cuando la polarización entre grupos pasa de ser ideológica a emocional, cuando lo que está en juego en el conflicto implica la «propiedad» del sistema político y, finalmente, cuando el Estado se debilita o se fragmenta, esta polarización política nos puede conducir a disturbios extremos. Las democracias están diseñadas para institucionalizar el desacuerdo y canalizar el conflicto hacia la confrontación pacífica. Por lo tanto, cierto grado de diferencia ideológica y competencia partidista no solo es inevitable, sino también saludable para la democracia. Los desacuerdos marcados sobre el sistema económico, la justicia, la seguridad, las políticas en salud, educación y otros, reflejan la existencia de diferencias palpables dentro de nuestra sociedad. El peligro de una política democrática basada en el desacuerdo y, débil, por más absurdo que parezca, puede estar más cerca de lo que parece.
Al pensar en la polarización, es muy fácil caer en la nostalgia de una época supuestamente menos polarizada, un tiempo de períodos de consensos políticos sin tener en cuenta adecuadamente lo que ese consenso realmente implicó. La cooperación de la democracia pactada fue posible porque las cuestiones fundamentales relacionadas con la igualdad política, social, económica y la inclusión de las minorías fueron suprimidas o excluidas del debate. Por lo tanto, ese «consenso» puedo reflejar más bien una represión política que resultados democráticos. De hecho, la lucha por inclusión democrática en sí misma parece intensificar el conflicto, en la medida que los grupos de representación laboral y social comienzan a reclamar atención a sus demandas, igualdad de ciudadanía, participación y poder político, los desacuerdos sobre a quién pertenece legítimamente la representación política se está agudizando y las repercusiones políticas son imprevisibles. El gobierno parece ignorar que la política democrática moderna no se limita a la mera agregación de preferencias o discursos que ya nadie cree, también plantea interrogantes fundamentales sobre la identidad colectiva (social, política y económica) la pertenencia a un país y el poder de representación, no de “apropiación”.
La inercia del presidente se esfuerza en mostrar que los oponentes políticos parecen cada vez más no solo diferentes, sino también ajenos e ilegítimos. El compromiso al asumir la administración del Estado, se ve socavado por acusaciones de corrupción y favoritismo a militantes masistas, causantes, según el propio presidente, de la debacle actual. (es la dicotomía más exasperante). En estas condiciones, la política deja de implicar una competencia entre conciudadanos y se convierte en una lucha entre la política, la moral, la ética y las funciones de Estado. No es posible que los oponentes se vean cada vez más como enemigos hostiles en lugar de rivales políticos comunes, y necesarios, además, en la administración del país. En estas condiciones, el conflicto político deja de ser una mera discrepancia sobre políticas y la están convirtiendo en una lucha personalizada, inútil y sin sentido.
El problema, parece no ser la polarización en sí misma, sino las condiciones bajo las cuales la polarización se fusiona con la debilidad institucional y los temores sobre la propiedad del sistema político. Los opositores políticos no son personas equivocadas o desorientadas, no son una amenaza existencial. El dilema democrático fundamental es cómo deben las sociedades liberales equilibrar la protección de las libertades ciudadanas con la obligación de preservar la igualdad de ciudadanía. La permisividad excesiva puede erosionar gradualmente las condiciones necesarias para la igualdad de ciudadanía. El desafío para la democracia no reside en eliminar la polarización, sino en evitar que el conflicto político se convierta en una guerra existencial.
El desafío es, de hecho, aún más complejo, ya que la polarización no es necesariamente simétrica. La preservación de la igualdad democrática no es moral ni políticamente equivalente a una sola organización. La relación entre polarización y política es compleja. Se supone que las democracias generan conflictos. El desacuerdo profundo no es un defecto, sino una característica común de nuestra vida democrática. De hecho, cierto grado de polarización puede incluso reflejar vitalidad democrática en lugar de decadencia democrática. La potencial tragedia surge cuando el conflicto político deja de implicar una competencia entre rivales legítimos y, en cambio, se convierte en una lucha entre comunidades que se consideran cada vez más ajenas, amenazadas y socialmente aisladas por culpa del gobierno.
