
8 de junio.- La pobreza también se siente en la mesa. Está en la familia que compra medio pollo en lugar de uno entero, en quien deja la carne para el fin de semana o en el hogar que reduce la cantidad de frutas y verduras para equilibrar el presupuesto familiar, ya que el aumento sostenido de los precios de los alimentos está obligando a miles de bolivianos a modificar sus hábitos de consumo para poder llegar a fin de mes.
Aunque los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que el 37,7% de los bolivianos vive en situación de pobreza, Fundación Jubileo estima que la proporción podría alcanzar entre el 44% y el 47% de la población cuando se incorpora el efecto de la inflación y el aumento del costo de vida.
Carla Cordero, analista de políticas públicas, explica que el ajuste de las líneas de pobreza permite observar una realidad que las cifras oficiales todavía no reflejan completamente. “Estamos hablando de más de 5,5 millones hasta casi 6 millones de personas. Es decir, uno de cada dos bolivianos es pobre por ingreso”, señaló durante la presentación del estudio Pobreza en Bolivia.
Según las estimaciones, entre 800.000 y 1,2 millones de personas adicionales podrían estar viviendo en situación de pobreza sin aparecer reflejadas en las estadísticas oficiales. En el caso de la pobreza extrema, la diferencia alcanzaría entre 600.000 y 800.000 personas.
La institución sostiene que los indicadores podrían estar subestimados. Mientras la línea oficial utilizada para medirla aumentó 16% entre 2019 y 2024, el costo de los alimentos subió alrededor de 30% en el mismo periodo. Como resultado, más personas pueden estar viviendo en situaciones precarias sin aparecer en las estadísticas oficiales.
Las familias compran menos carne, reducen porciones y sustituyen comidas para llegar a fin de mes. La Fundación Jubileo estima que la pobreza podría alcanzar al 47% de la población cuando se incorpore el impacto de la inflación
La pobreza también se siente en la mesa. Está en la familia que compra medio pollo en lugar de uno entero, en quien deja la carne para el fin de semana o en el hogar que reduce la cantidad de frutas y verduras para equilibrar el presupuesto familiar, ya que el aumento sostenido de los precios de los alimentos está obligando a miles de bolivianos a modificar sus hábitos de consumo para poder llegar a fin de mes.
Aunque los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que el 37,7% de los bolivianos vive en situación de pobreza, Fundación Jubileo estima que la proporción podría alcanzar entre el 44% y el 47% de la población cuando se incorpora el efecto de la inflación y el aumento del costo de vida.
Carla Cordero, analista de políticas públicas, explica que el ajuste de las líneas de pobreza permite observar una realidad que las cifras oficiales todavía no reflejan completamente. “Estamos hablando de más de 5,5 millones hasta casi 6 millones de personas. Es decir, uno de cada dos bolivianos es pobre por ingreso”, señaló durante la presentación del estudio Pobreza en Bolivia.
Según las estimaciones, entre 800.000 y 1,2 millones de personas adicionales podrían estar viviendo en situación de pobreza sin aparecer reflejadas en las estadísticas oficiales. En el caso de la pobreza extrema, la diferencia alcanzaría entre 600.000 y 800.000 personas.
La institución sostiene que los indicadores podrían estar subestimados. Mientras la línea oficial utilizada para medirla aumentó 16% entre 2019 y 2024, el costo de los alimentos subió alrededor de 30% en el mismo periodo. Como resultado, más personas pueden estar viviendo en situaciones precarias sin aparecer en las estadísticas oficiales.
“La crisis no debería medirse solo por indicadores económicos, sino por la posibilidad concreta de que las personas puedan alimentarse, trabajar y sostener la vida cotidiana”, sostuvo Juan Carlos Núñez, director de Jubileo.
Menos alimentos en la mesa
El estudio advierte que la inseguridad alimentaria no se expresa únicamente en la falta absoluta de comida. También se manifiesta cuando las familias reducen la variedad de su dieta, sustituyen alimentos nutritivos por opciones más económicas o disminuyen las porciones consumidas.
Los datos muestran que el 58,5% de los hogares manifestó temor de quedarse sin alimentos durante 2024, año en el que se agravó la escasez de dólares y la falta de combustibles. Además, el 42,8% reportó una alimentación menos saludable, el 29,3% admitió haber reducido las porciones que debería consumir y el 13,2% declaró haber sentido hambre sin poder comer.

Núñez explicó que muchas familias antes destinaban cerca de la mitad de sus recursos a la alimentación hoy deben asignar una proporción todavía mayor para comprar los mismos productos.
En medio del conflicto por los bloqueos de caminos, el ministro de Economía y Finanzas Públicas, José Gabriel Espinoza, coincidió en que el mayor impacto de la crisis recae sobre las familias. “El mayor costo de estos conflictos lo está cargando la gente”, afirmó. Según explicó, productos básicos de la canasta familiar registraron incrementos extraordinarios en determinados mercados.
Citó como ejemplo el caso del pollo, cuyo precio llegó a multiplicarse entre 1,6 y hasta tres veces en algunos momentos, así como el aumento registrado en productos hortícolas como el tomate. “El impacto está en el chofer que no puede circular, en la persona que deja de generar ingresos y no puede llevar recursos a su hogar para pagar el colegio, el alquiler o una deuda bancaria”, sostuvo.
La situación ocurre en un contexto de elevada inflación que, en el caso de los alimentos, llegó al 15,43%, situación que golpea con mayor intensidad a los hogares pobres.
Las familias compran menos carne, reducen porciones y sustituyen comidas para llegar a fin de mes. La Fundación Jubileo estima que la pobreza podría alcanzar al 47% de la población cuando se incorpore el impacto de la inflación
La pobreza también se siente en la mesa. Está en la familia que compra medio pollo en lugar de uno entero, en quien deja la carne para el fin de semana o en el hogar que reduce la cantidad de frutas y verduras para equilibrar el presupuesto familiar, ya que el aumento sostenido de los precios de los alimentos está obligando a miles de bolivianos a modificar sus hábitos de consumo para poder llegar a fin de mes.
Aunque los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que el 37,7% de los bolivianos vive en situación de pobreza, Fundación Jubileo estima que la proporción podría alcanzar entre el 44% y el 47% de la población cuando se incorpora el efecto de la inflación y el aumento del costo de vida.
Carla Cordero, analista de políticas públicas, explica que el ajuste de las líneas de pobreza permite observar una realidad que las cifras oficiales todavía no reflejan completamente. “Estamos hablando de más de 5,5 millones hasta casi 6 millones de personas. Es decir, uno de cada dos bolivianos es pobre por ingreso”, señaló durante la presentación del estudio Pobreza en Bolivia.
Según las estimaciones, entre 800.000 y 1,2 millones de personas adicionales podrían estar viviendo en situación de pobreza sin aparecer reflejadas en las estadísticas oficiales. En el caso de la pobreza extrema, la diferencia alcanzaría entre 600.000 y 800.000 personas.
La institución sostiene que los indicadores podrían estar subestimados. Mientras la línea oficial utilizada para medirla aumentó 16% entre 2019 y 2024, el costo de los alimentos subió alrededor de 30% en el mismo periodo. Como resultado, más personas pueden estar viviendo en situaciones precarias sin aparecer en las estadísticas oficiales.
“La crisis no debería medirse solo por indicadores económicos, sino por la posibilidad concreta de que las personas puedan alimentarse, trabajar y sostener la vida cotidiana”, sostuvo Juan Carlos Núñez, director de Jubileo.
Menos alimentos en la mesa
El estudio advierte que la inseguridad alimentaria no se expresa únicamente en la falta absoluta de comida. También se manifiesta cuando las familias reducen la variedad de su dieta, sustituyen alimentos nutritivos por opciones más económicas o disminuyen las porciones consumidas.
Los datos muestran que el 58,5% de los hogares manifestó temor de quedarse sin alimentos durante 2024, año en el que se agravó la escasez de dólares y la falta de combustibles. Además, el 42,8% reportó una alimentación menos saludable, el 29,3% admitió haber reducido las porciones que debería consumir y el 13,2% declaró haber sentido hambre sin poder comer.
Núñez explicó que muchas familias antes destinaban cerca de la mitad de sus recursos a la alimentación hoy deben asignar una proporción todavía mayor para comprar los mismos productos.
En medio del conflicto por los bloqueos de caminos, el ministro de Economía y Finanzas Públicas, José Gabriel Espinoza, coincidió en que el mayor impacto de la crisis recae sobre las familias. “El mayor costo de estos conflictos lo está cargando la gente”, afirmó. Según explicó, productos básicos de la canasta familiar registraron incrementos extraordinarios en determinados mercados.
Citó como ejemplo el caso del pollo, cuyo precio llegó a multiplicarse entre 1,6 y hasta tres veces en algunos momentos, así como el aumento registrado en productos hortícolas como el tomate. “El impacto está en el chofer que no puede circular, en la persona que deja de generar ingresos y no puede llevar recursos a su hogar para pagar el colegio, el alquiler o una deuda bancaria”, sostuvo.
La situación ocurre en un contexto de elevada inflación que, en el caso de los alimentos, llegó al 15,43%, situación que golpea con mayor intensidad a los hogares pobres.
La Paz soportó, por semanas, una aguda escasez de alimentos/APG
Crisis en el campo y la ciudad
Según los datos presentados, el 59% de la población en situación de pobreza vive en las ciudades. En términos absolutos, más de 2,7 millones de personas se encuentran en pobreza moderada en áreas urbanas.

Sin embargo, la pobreza extrema continúa concentrándose principalmente en el área rural; el 67% de las personas que viven en pobreza extrema se encuentra en el campo.
Mientras en las ciudades está asociada principalmente a la pérdida de poder adquisitivo y al incremento del costo de vida, en el área rural se suma a limitaciones históricas de acceso a infraestructura, mercados, servicios básicos y oportunidades productivas.
“El campo y la ciudad son dos caras de un mismo daño”, resumió Cordero.
La clase media, vulnerable
La investigación también muestra una estructura social particularmente frágil. Según Fundación Jubileo, apenas el 3,2% de la población se encuentra en el estrato de mayores ingresos, mientras que el 59,1% integra la clase media y el 37,7% vive bajo la línea de pobreza.
Carla Cordero advirtió que una parte importante de esa clase media se encuentra en una situación vulnerable frente a la inflación y la pérdida de ingresos. “Estamos hablando de personas que ganan entre 1.000 y 5.000 bolivianos. Un incremento en el precio de los alimentos o de los medicamentos puede hacer tambalear su economía”, señaló.
La investigadora explicó que una reducción relativamente pequeña de los ingresos puede empujar a muchas familias por debajo de la línea de pobreza. “Con 47 bolivianos menos, automáticamente esa persona sale a la pobreza”, afirmó. Basta perder el empleo, dejar de vender durante algunos días, enfrentar una enfermedad o sufrir un incremento repentino de precios para que un hogar vulnerable vea deteriorarse rápidamente su situación económica.
Los datos muestran que el desafío ya no consiste únicamente en reducir la pobreza, sino en evitar que miles de familias vulnerables sigan cayendo en ella. En un contexto de inflación, informalidad laboral y menor capacidad de compra, la generación de empleo de calidad y la estabilidad económica aparecen como las tareas más urgentes para contener el deterioro de las condiciones de vida.
Fuente: El Deber
