
El gran propósito de la descentralización como reforma de la gobernanza es reflejar la diversidad local en las preferencias de política pública. En otras palabras, cada quién con su propia estrategia de desarrollo con un diseño particular. En la práctica, la atención se ha de centrar en los efectos de la descentralización en la provisión de bienes públicos.
La eficiencia en la formulación de políticas locales va a requerir que las jurisdicciones adopten sus bienes públicos locales a las preferencias y necesidades locales. Esto significa que diferentes regiones pueden, dependiendo de la importancia que le otorguen colectivamente a la provisión de, por ejemplo, desarrollo humano frente a ordenamiento territorial, tomar decisiones distintas sobre cómo dirigir sus recursos limitados por el presupuesto.
Al otorgar mayor autoridad a los gobiernos locales, se espera que la descentralización neutralizará la polarización, ya que las políticas locales reflejarán mejor la diversidad geográfica en las preferencias ciudadanas, atender la misma necesidad en diferentes zonas con diferente esquema. Una de las principales virtudes de la descentralización, después de todo, es que se considera que atenúa el conflicto al permitir que diversas comunidades se autogobiernen. Cuando los problemas que alimentan la polarización política se resuelven a nivel local, las disputas de la política nacional deberían disminuir. Desde esa perspectiva, la descentralización transforma la competencia política, pasando de una lucha en la que el ganador se lo lleva todo a una serie de compromisos locales. Sin embargo, es difícil ubicar la cualidad de la representación política dentro de este modelo fuera del centralismo en el que el presidente parece serlo todo.
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Si bien teóricamente es atractiva, la evidencia sobre esta proposición es, a la vez, contradictoria. Una revisión muestra que los efectos positivos de la descentralización del poder político a las instituciones locales no siempre son universales. La naturaleza de la relación entre descentralización y conflicto es, en última instancia, condicionada al éxito de una u otra política. Su impacto positivo dependerá, por ejemplo, de la ausencia de instituciones o partidos regionales que pretendan usar su mayor influencia, pretexto de la descentralización, para promover ambiciones separatistas. Cuando la descentralización permite la redefinición de límites naturales puede exacerbar en lugar de aliviar, la polarización, lo que a su vez puede inducir a un mayor conflicto. Todo fracasa si las políticas entregadas no puedan resolver las grandes diferencias promovidas por regiones, élites o sectores sociales.
Existen varias razones para el desempeño deficiente de la descentralización, al otorgar considerable autoridad en la formulación de políticas a unidades locales con diferentes niveles de capacidad, la descentralización puede agravar inadvertidamente las desigualdades sociales, económicas, de educación o desarrollo. Las regiones con alta capacidad para diseñar y ejecutar políticas bien adaptadas a las preferencias locales prosperarán, las regiones menores pueden sucumbir a la captura de las élites económicas o políticas. Después de todo, es más fácil para pequeños grupos poderosos controlar los gobiernos locales que los nacionales. Las reformas destinadas a aliviar cualquier escasez de vivencia, paradójicamente, chocaran con las decisiones gubernamentales de nivel superior que necesariamente han de intervenir para alinear las políticas nacionales con las preferencias populares locales.
En las condiciones actuales, los mecanismos que permiten un pluralismo bajo una gobernanza descentralizada pueden intensificar la polarización y, por lo tanto, amenazar la estabilidad democrática. La gobernanza descentralizada puede permitir que las comunidades promulguen políticas que reflejen sus valores, pero pueden profundizar diferencias a nivel nacional gracias a un entorno informativo interesado o desvirtuado. Gran parte del pensamiento sobre la lógica de la descentralización considera a los ciudadanos centrados exclusivamente en sus circunstancias locales, olvidando que los humanos son curiosos y celosos, de modo que los ciudadanos de una jurisdicción están al tanto de lo que sucede en otra. Esta curiosidad translocal es, de hecho, probablemente un corolario de una identidad nacional arraigada y generalizada. Ese “miramiento” político prospera cuando la gente cree que se verá afectada por las acciones de los miembros de otra comunidad, aquellos que viven a miles de kilómetros de distancia.
La gran justificación para iniciar la descentralización radica en la necesidad de mitigar los conflictos y las tendencias de la diversidad en nuestra sociedad plural en general. En esta sociedad diversa, puede ser productivo otorgar a las jurisdicciones locales, autoridad para la formulación de políticas regionales o municipales. Puede resultar difícil la implementación de políticas sociales preferidas a nivel nacional (salud o seguridad) y puede ser imposible llegar a un acuerdo en materia de doctrina (religiosa o jurídica), lo que sienta las bases para el conflicto cuando no se alcanza el resultado deseado por una de las partes.
Las teorías generales de descentralización sostienen que su promesa reside en parte en que los votantes están mejor preparados para exigir responsabilidades a las unidades de gobierno más pequeñas, debido a su capacidad para obtener información sobre asuntos locales con mayor facilidad sobre eventos que se desarrollan, por ejemplo, el horario de los políticos o la existencia de medicamentos en hospitales locales.
Podríamos llamar a esto el doble efecto de la descentralización: si bien puede reducir la importancia de la política, también puede polarizarla. El 50/50, la ambición mayor del presidente Paz.
