LA POLÍTICA EXTERIOR DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, HACIA AMÉRICA LATINA Y LOS DESAFÍOS PARA BOLIVIA EN ESE CONTEXTO.

Arturo Gonzalo De la Riva Bozo

En su obra, “La Diplomacia”, Henry Kissinger, con su característica lucidez y sapiencia, nos dirá que la política exterior estadounidense tiene una dualidad pendular, entre el “faro”, como ejemplo para la humanidad o poder bando y un “cruzado”, guerrero, que encausa a sus aliados a través de ejercicio duro del poder, sea con disuasión o fuerza.

En medio de la Guerra Fría, los Estados Unidos de América, buscaron en la administración de John Fitzgerald Kennedy impulsar una la “Alianza para el Progreso”, un programa de ayuda económica para el desarrollo de la región, acciones políticas para fortalecer la democracia y sociales para disminuir las desigualdades y frenar en alguna medida, los efectos de la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, que tenía el mismo objetivo, pero a través del ejercicio duro del poder en la región. Estos buenos propósitos no llegaron a buen puerto y fue la administración de Richard Nixon, que, con extremo realismo, definirá que «La adicción a las drogas es el enemigo público número uno de Estados Unidos», droga producida en ese entonces en algunos países de América Latina y utilizada como “arma estratégica” de los socialistas para luchar contra el “imperialismo” estadounidense y la denominada “derecha”.

Casi dos décadas después, de fomentarse regímenes autoritarios que contenían al socialismo, pero también fomentaban el narcotráfico, la administración de James E. Carter, se percatara que la democracia era la mejor manera lograr una distensión con la U.R.S.S., que se estima gastaba cinco millones de dólares al día para propagar el socialismo en el continente. Así, Carter, entendió al conjunto de ideas democráticas, como un factor intangible o blando de poder y al sistema político institucional de la democracia, como un factor tangible y duro de poder, aplicando la implantación de esta forma de gobierno, estrategia de una “detente” contra las políticas soviéticas de fomento a la lucha armada en América Latina.

El accionar de Carter se sintetizó en “(…) tres importantes tareas de índole política: Fortalecer por todos los medios la alianza de los países capitalistas desarrollados. Segunda, eliminar las más agudas contradicciones entre los países imperialistas y los estados en desarrollo, ante todo por la vía del «diálogo Norte-Sur». Tercera, practicar la política de la distensión entre Este y Oeste”. (Glinkin A., Martinov B., Yakovlev P. (1983) “La evolución de la política de EE.UU. en América Latina”: 78-79). La “Doctrina” Carter, entendía que “(…) cualquier estructura democrática debe ser siempre bien recibida con la única condición de que cumpla las exigencias de una postura anticomunista”. (Buss T. (1978) “Radiografía del Trilateralismo, ramificación del Imperialismo”: 52-53).

Poco después, la tradición de la política exterior estadounidense del “cruzado”, se expresó en la administración de Ronald Reagan, quien sostenía: “(…) tenemos que darnos cuenta de que ningún arma en los arsenales del mundo es tan formidable como la voluntad y el valor moral de los hombres libres. Este es el arma que nuestros adversarios en el mundo de hoy no tienen. Es el arma que poseemos los estadounidenses (…)”. (Cuadernos Semestrales EE.UU., Perspectiva Latinoamericana, (1981) «La administración Reagan y los límites de la hegemonía norteamericana»: 335). La Doctrina Reagan, se percató que las políticas de distensión de Carter habían debilitado peligrosamente las posiciones estadounidenses en Centro América y Sud América, dando paso a la expansión comunista tras la revolución nicaragüense y la cantidad de guerrillas que proliferaron en el continente en la década de los años ochenta. De allí, la creación de la “Comisión Kissinger” para Centro América, los lineamientos de “Santa Fe I” y las acciones del “embajador de la democracia”, Edwin Corr, en Perú y Bolivia.

La Doctrina Reagan, identificó que el “talón de Aquiles” del imperio soviético era la ausencia de gobiernos basados en la legitimidad ciudadana y la inexistencia de Derechos Humanos en esos regímenes socialistas. Luego George Bush padre a través del documento “Santa Fe II”, nos planteará que: “(…) el régimen democrático requerirá ir más allá de lo formal de la democracia (es decir, las elecciones) y proporcionar, cuando sea posible los medios para fortalecer las instituciones democráticas locales, tales como los sindicatos, grupos empresariales independientes, asociaciones comerciales y organizaciones educacionales”. (Bouchey F. L., Fontaina R., Jordan D., Summer G. (1988) “Santa Fe II, Una estrategia para América Latina en la década de 1990”: 19). Así, desde poco antes del fin de la “guerra fría”, los esfuerzos por apoyar las débiles democracias y el desarrollo económico, se orientaban a concebir un hemisferio cohesionado y libre.

Luego de concretarse el fin de la Guerra Fría, tras el “suicidio” de la U.R.S.S., el presidente G. Bush decía: “(…) un mundo dividido en una ocasión en dos campos armados reconoce ahora un poder único y preeminente, los Estados Unidos de América». (Busch G. (1992) “Nuevo orden mundial y planes económicos”). De esa forma, surgirá la «Pax Americana», una “Cruzada por la Democracia”, que buscaba construir un nuevo orden internacional, prácticamente unipolar.

Tras el fin de la guerra fría y la dilución del socialismo real, por su comprobada incapacidad, las democracias como ideología, como sistema político, el globalismo económico y la cultura occidental, se propagarán por todo el planeta, pero el socialismo, mutará hacia la corriente del progresismo internacional y la cultura Woke, que se encargaron de crear otras contradicciones en la sociedad. Estas ideologías, instrumentalizaron el tema medioambiental, el etnicismo, la lucha de géneros, los movimientos ELGBT+ y la disociación del sujeto, con “modas”, como los emos y therians, para emprender una guerra cultural por dentro del sistema, en contra de la democracia, la economía capitalista y los valores occidentales. Este decadente enfoque, llamaba ahora a los conservadores, fascistas y de extrema derecha.
Imbuido de estas “ideologías”, el presidente Bill Clinton, retomará la visión del poder blando, el “faro”, pretendiendo para ello “(…) la supervivencia de las instituciones libres”. (Clinton B., (1993) “Un momento crucial en la historia de la humanidad”). La moderada orientación de Clinton, dejaba de lado el rol de la Doctrina Reagan. Así, “(…) La administración Clinton se había mostrado particularmente desdeñosa con los esfuerzos de la CIA en inteligencia humana (…).

Incluso en 1993, cuando los terroristas lanzaron su primer ataque contra el World Trade Center, la administración hizo todo lo posible por presentar el hecho como la obra de unos pocos fanáticos aislados (…)”. (Jekins, P. (2005) “Breve historia de Estados Unidos”: 386-387).

Para abril del año 2001, G. W. Bush hijo, proclamó que éste sería el “siglo de las Américas”, lo que colocaba a la región de América Latina en un lugar prioritario en la agenda estadounidense. Sin embargo, los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, cambiaron las prioridades de la política exterior de los Estados Unidos de América, con relación al hemisferio y se priorizó el Medio Oriente.

A pesar de ello, se creará la llamada Iniciativa Regional Andina, que trató de compensar a países como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, Panamá y Brasil por sus esfuerzos en la lucha contra las drogas. Ahí, se destaca la asistencia a Colombia en el marco del “Plan Colombia”. Asimismo, por mucho que se impulsaba el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), esta iniciativa no cuajaba en la mente de los entonces “lideres” latinoamericanos, que prefirieron aprobar algunos Tratados de Libre Comercio TLC y el ATPDEA, bilateralmente, por separado. Las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos de América, en la segunda administración del presidente G. W. Bush, generaron un ambiente con muchas expectativas optimistas, situación que contrastó con una realidad de mayor divergencia de intereses en el hemisferio, provocadas por un cambio en la orientación de la política exterior de algunos países de Sud y Centro América, al seguir el dogma del progresismo de los Socialismos del Siglo XXI.
Alrededor del año 2006, en América Latina, emergieron regímenes de corte populista, como el de Luis I. Lula en el Brasil, T. Vázquez en Uruguay, M. Bachelet, en Chile, los Kirchner en la Argentina, Rafael Correa en el Ecuador y Juan Evo Morales en Bolivia. A esa corriente, se sumó Daniel Ortega en Nicaragua y Fernando Lugo en Paraguay, que seguían los designios de Hugo Chávez en Venezuela, digitados por la dictadura “comunista” en Cuba.

Uno de los más condescendientes con ese progresismo del sur del hemisferio, fue el presidente estadounidense, Barack Obama, que sostenía “(…) en cuanto a nuestra defensa común, consideramos equivocado elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales (…) nuestra fuerza, por sí sola, no puede protegernos; y tampoco nos da derecho a hacer lo que queramos”. (Obama, B. 2009) postura más cercana a una visión de “faro”, en los términos de Henry Kissinger. El reacomodo de la política exterior estadounidense hacia América Latina, fue evidente en la administración Obama, que dejó sentado que era “(…) difícil seguir contando con una política global hemisférica”. (Malamud, C. (2009) “Estados Unidos y América Latina: nueva etapa de una relación complicada”).

En épocas anteriores a esa coyuntura, el narcotráfico, había sido un tema de la agenda bilateral de los Estados Unidos de América con los países de la región, que generaba crispamientos y tensiones, pero nunca se habían formado aún Estados Cómplices, entiéndase, Narco-Estados y menos se vislumbraban Estados fallidos, realidades que, por llevar al extremo las contradicciones ideológicas de la agenda progresista de los Socialismos del Siglo XXI, comenzaron a brotar en la región, como una metástasis.

Si la administración Obama, supuso un retroceso no solo en la concreción de una economía hemisférica integrada, la consolidación de un continente democrático e institucionalizado y un sistema de defensa que ponga en línea al narcoterrorismo, fue peor aún, la administración de Joe Biden, que no supo responder de forma radical la proliferación de nuevas drogas globales como el fentanilo y drogas sintéticas que en su mayoría llegadas de China y el adrenocromo, que venía aparejado al tráfico de menores.

Los gobiernos de Clinton, Obama y Biden, fueron extremadamente permisivos y hasta convergieron con algunas posiciones de los Socialismo del Siglo XXI, que también había emanado de los progresistas del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, que instrumentalizaron la guerra cultural, provocando que muchos países, sean Estados Cómplices, Narco-Estados, que generaron una colusión, una fusión, un casamiento, entre el Crimen Internacional Organizado en general y el narcotráfico en particular, con las estructuras burocráticas des-institucionalizadas de “democracias” desfiguradas en autoritarismos autocráticos. Muchos grupos criminales, vieron ahí, el “caldo de cultivo” propicio para establecer redes de narcotráfico en los que participaban incluso segmentos de la sociedad entono del poder corporativo y sindical, para en base al circuito de la Coca-Cocaína, generar una producción masiva de droga, lo más preocupante para los Estados Unidos de América, en ese momento, era que de forma colateral, se impulsaban el tráfico de humanos (menores), de armas y el fomento al terrorismo internacional, con recursos provenientes del tráfico de drogas.

Muchos Narco-Estados, incluso comenzaron a mostrar rasgos de Estados fallidos, no pudiendo controlar ni todo su territorio, ni toda su población a través de los mecanismos del monopolio legítimo de la fuerza y el orden legal del Estado. En Bolivia, por ejemplo, los regímenes del “proceso de cambio”, remplazaron la Ley 1008 que permitía 12.000 hectáreas de cultivos de coca, por la Ley 906, que subió esa producción a 22.000 hectáreas legales de Coca; según la UNODC, el año 2025, se habrían producido 40.000 hectáreas de Coca en Bolivia. Es más, el “proceso de cambio”, busco que se despenalice la hoja de Coca en los organismos internacionales, hiendo en contra de la Convención Única de 1961 sobre estupefacientes. Hoy, Bolivia que suma a su producción de clorhidrato de cocaína, la mitad de la producción de pasta base del Perú, alcanza una producción de cocaína, estimada en alrededor de 380 toneladas métricas al año.
Recién con la administración estadounidense de Donald Trump, se retornó a la visión de un “cruzado” y se buscará una lucha activa en contra del narcoterrorismo en el hemisferio. Sin embargo, ello supone que muchos países de la región, se reencaucen en la corriente de instituciones democráticas, en el fomento de economías de libre mercado orientadas al globalismo y el reposicionamiento de los valores occidentales, dejando de lado el progresismo y la cultura Woke.
Así, la nueva política exterior de los Estados Unidos de América, rescató la Doctrina Monroe, proclamada en 1823 y la engarzó con la “Doctrina Donroe”, del presidente Donal Trump, que se aplicó con acciones concretas como el denominar como terroristas a los grupos vinculados al narcotráfico, la formulación de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) en diciembre del año 2025, la extracción del dictador Nicolás Maduro de Venezuela, eliminando así la cabeza visible del “cartel de los soles” en enero de 2026, la eliminación de “El Mencho”, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación en México, la Declaración Conjunta de Seguridad con representantes de 17 países y la conformación del “Escudo de las Américas”, con 12 países latinoamericanos y caribeños. Hitos políticos de trascendencia, que cambiaran el curso de la historia del hemisferio.

La Cumbre “Escudo de las Américas”, busca promover tres ejes, combatir el narcotráfico y los cárteles, frenar la migración irregular y contrarrestar la influencia de China, Rusia e Irán en el hemisferio occidental. Los ausentes de este proceso hemisférico, fueron México, Brasil y Colombia, socios comerciales estratégicos para los Estados Unidos de América en la región, mismos que aún se sitúan en la esfera de los Socialismos del Siglo XXI, tampoco asistió Uruguay, por sus vínculos con China.

La lucha hemisférica actual, es contra los carteles narcoterroristas, para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental. Así, luego del oscurantismo de los Socialismos del Siglo XXI, la región se encarrila en el retorno a sistemas democráticos, economías de mercado abiertas y un destino manifiesto de integración hemisférica.
En América Latina históricamente, dicha política se ve reflejada ya en la “Alianza para el Progreso” del presidente Kennedy, la “defensa de los Derechos Humanos” de la administración Carter, la “Cruzada por la Libertad” de Reagan, la “Pax Americana” planteada por Bush padre, las “Cumbres de las Américas” impulsadas por Clinton, Obama y Biden, el “Siglo de las Américas” de Bush hijo y la “Doctrina Donroe” del presidente Donald Trump, quien a partir de ello, afirma que: “Nuestro dominio del hemisferio occidental nunca más será cuestionado”.

El reto de los gobiernos de los países de América Latina, será tener la capacidad institucional, para que sus políticas exteriores, no se narcoticen y pueda incorporar otras temáticas a sus agenda bilaterales, como ser la apertura de mercados, la seguridad jurídica para las inversiones estadounidenses, garantizar el flujo del turismo y migración hemisférica, lograr la transferencia tecnológica para el desarrollo, incorporar las remesas en la economía de los países del sur, frenar la influencia negativa de potencias como China, Rusia e Irán y cambiar la mentalidad antiestadounidense, progresista y Woke, en los ciudadanos de la región.

El reto inmediato para el gobierno de Rodrigo Paz, en Bolivia, es el restablecimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos de América, a nivel de embajadores, que permita construir una política exterior independiente y soberna, con pragmatismo estratégico y equilibrio, desembarazándose del dogma ideológico del “proceso de cambio” que condujo a ciegas el país, por dos décadas.

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