
Estados Unidos y América Latina tienen una historia de relaciones basada en la “buena vecindad” ordenada por varios capítulos, el primero es el de la definición de un espacio de influencia, el año 1822, cuando se promulga la Doctrina Monroe. El segundo, es el del Destino Manifiesto que persigue anexar territorios de México considerados como esenciales para su realización como nación. El tercero, es el del llamado Imperio, toma cuerpo con la guerra contra España y la adquisición de sus territorios coloniales remanentes en el área del Caribe, la absorción colonial de Puerto Rico y la transformación de Cuba en un Protectorado estadounidense. Propiciar la secesión de Panamá de Colombia e incorporarlo como un Protectorado de facto. El cuarto capítulo corresponde a la política de “Buena Vecindad”, iniciada en 1933 en tiempos del presidente Roosevelt. El quinto capítulo fue el de la Guerra Fría, cuando en función de la bipolaridad, latinoamérica será sometida a un rígido control estadounidense. El sexto capítulo, iniciado en 1989, se focalizará en comercio, lucha contra las drogas y seguridad. El séptimo capítulo, en curso actualmente, oscila entre la indiferencia política y económica (con Venezuela en lo político y México en lo económico) y el énfasis en el control de los flujos migratorios provenientes del sur.
Desde los albores del siglo XX, la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina y el mundo se ha movido entre dos discursos que, aunque opuestos en apariencia, forman parte de una misma lógica: la doctrina del “buen vecino” y la doctrina del “gran garrote”. La primera pretendía mostrar a Washington como socio amable, respetuoso de la soberanía y dispuesto al diálogo. La segunda, formulada explícitamente bajo el lema “habla suavemente y lleva un gran garrote”, no ocultaba la amenaza de intervención militar y sanciones como herramientas de control. En la práctica, ambas eran dos caras de la misma moneda: asegurar la hegemonía estadounidense y garantizar los intereses de sus corporaciones. Hoy, bajo el mandato de Donald Trump, esa doble retórica ha quedado al desnudo. La diplomacia del “buen vecino” se ha transformado en un teatro cínico de promesas incumplidas, mientras que la política del “gran garrote” se ejerce de manera descarnada, sin maquillajes ni disimulos.
Trump, el actual ocupante de la Casa Blanca ha convertido la política exterior en una extensión de su estilo empresarial. Lo hace alternando discursos pacifistas y ofertas de negociación con sanciones, bloqueos y amenazas militares. Declara que busca la paz en Ucrania, pero envía destructores al Caribe para cercar a Venezuela. Promete acuerdos justos con Brasil o la India, pero al mismo tiempo les impone aranceles del 50 % como castigo por su autonomía. Dice combatir el narcotráfico, pero la fabricación de cocaína se triplica los lugares tradicionales de producción. Trump no representa una ruptura con el pasado de EE.UU., sino la formulación de su esencia imperial. Ya no se disfraza de “buen vecino”; actúa como el escorpión que no puede dejar de clavar su aguijón, aunque ello lo lleve a su propia decadencia. Lo demuestran su guerra comercial contra China, sus intentos fallidos de dividir a los BRICS, sus sanciones indiscriminadas contra medio planeta y su obsesión por militarizar el Caribe y Centroamérica bajo la excusa de la “guerra antidrogas”. La guerra en Ucrania, lejos de fortalecer a la OTAN, ha demostrado las fracturas internas de Occidente. La Unión Europea se ha convertido en un vasallo obligado a sacrificar su industria y su soberanía energética en aras de la agenda de Washington. Las guerras en Gaza, Irak, Afganistán o Libia son recordatorios de que el intervencionismo estadounidense no resuelve conflictos, sino que los multiplica. Los efectos de la guerra con Irán, seguro que afectaran al mundo en mayor o menor proporción. El precio de la guerra, energía, rutas marítimas y la fragilidad del sistema global.
Con más del 40 % del PIB mundial en términos de paridad de poder adquisitivo y más de la mitad de la población del planeta, los BRICS, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y otro nuevos, no solo desafía el dominio económico de Estados Unidos, sino que ofrece otro modelo de cooperación. América Latina está entre la sumisión y la emancipación, en este escenario, se encuentra ante una disyuntiva histórica, seguir atada al papel de “patio trasero” o sumarse con decisión al mundo multipolar y que la verdadera integración regional, no se construye bajo la tutela del “gran garrote”, sino en alianza con quienes avanzan hacia una economía global contemporánea.
La política exterior estadounidense, sea bajo la máscara del buen vecino o bajo la amenaza del garrote, ya no engaña a nadie. La hipocresía de Trump y la brutalidad del imperialismo solo aceleran el tránsito hacia un orden mundial diferente. Y no es una utopía. Es una auténtica lástima que la “Buena Vecindad” hubiese resultado la excepción y no la regla en las relaciones de los Estados Unidos con sus vecinos del sur. Cuan distinta hubiese podido ser la historia de América Latina si las cosas hubiesen sido al revés.
