Por Ricardo V. Paz Ballivián
La actual coyuntura internacional parece haber abandonado la lógica de la «paz fría» para adentrarse en una fase de ignición en cadena. El estallido de la «guerra abierta» entre Pakistán y Afganistán el pasado 21 de febrero de 2026 no es un evento aislado, sino un síntoma de la metástasis geopolítica que recorre el eje que va desde el Levante hasta el Hindú Kush.

La decisión de Islamabad de lanzar bombardeos aéreos masivos sobre Kabul, Paktia y Kandahar marca el colapso definitivo de la doctrina de «profundidad estratégica» que Pakistán cultivó durante décadas, transformando a su antiguo aliado, el régimen talibán, en un enemigo existencial. Este conflicto se superpone a la aterradora escalada en el Golfo Pérsico, donde el reciente ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán, que ha segado la vida del Líder Supremo Ali Jamenei y descabezado a la cúpula de la Guardia Revolucionaria, ha dejado al mundo en un estado de parálisis y asombro.
Para comprender el choque entre Pakistán y Afganistán, es imperativo retroceder a la herida colonial de la Línea Durand. Trazada en 1893 por la administración británica, esta frontera de 2.640 kilómetros nunca fue reconocida por Kabul, pues divide arbitrariamente a la nación pastún, el corazón demográfico de ambos países. Sin embargo, la causa inmediata de la actual guerra abierta no es cartográfica, sino de seguridad interna. Pakistán acusa a los talibanes afganos de proporcionar refugio y apoyo logístico al Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), la rama pakistaní de los talibanes que ha intensificado sus atentados terroristas en suelo pakistaní desde 2021. Lo que Islamabad percibe como una traición por parte de sus antiguos pupilos en Kabul ha llevado al ministro de Defensa pakistaní a declarar que la paciencia se ha agotado. El régimen talibán, lejos de amedrentarse, ha respondido con artillería pesada y ataques de represalia, denunciando la muerte de civiles y la violación de su soberanía.
Esta conflagración regional adquiere una dimensión global al conectarse con el ataque a Irán. El vacío de poder en Teherán y la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz han alterado los cálculos de todos los actores en Asia del Sur. Irán, que tradicionalmente ha servido como un contrapeso y a veces mediador entre Kabul e Islamabad, se encuentra hoy en una lucha por su propia supervivencia sistémica. La desaparición de Jamenei ha abierto una fase de incertidumbre que podría derivar en una guerra civil interna o en una respuesta asimétrica de sus «proxies» en toda la región. En este vacío, Pakistán siente la urgencia de asegurar su frontera occidental por la fuerza, temiendo que una India oportunista aproveche el caos iraní para estrechar su cerco sobre Islamabad a través de alianzas con los talibanes o grupos rebeldes baluches.
La prospectiva de este doble escenario, el colapso de Irán y la guerra afgano-pakistaní, apunta a un desenlace de fragmentación territorial. Pakistán, ya asfixiado por una crisis económica crónica y una polarización política interna extrema, se arriesga a un «overstretch» militar que podría fracturar su propia cohesión estatal. Por otro lado, un Afganistán bajo fuego podría radicalizarse aún más, convirtiéndose nuevamente en el santuario global de grupos yihadistas que verán en el ataque a Irán la prueba definitiva de una «gruzada occidental» contra el Islam.
Las consecuencias inmediatas incluyen un desplazamiento masivo de refugiados que presionará a las fronteras de Asia Central y Europa, y una volatilidad en los precios de la energía que podría sumir a la economía global en una recesión técnica prolongada debido al bloqueo intermitente de las rutas marítimas en el Golfo.
La pregunta obvia que surge es: ¿Estamos a las puertas de una guerra global? La respuesta, aunque cautelosa, se inclina hacia un «sí» funcional. Si bien no vemos aún el despliegue de divisiones blindadas cruzando Europa, la interconexión de estos conflictos (Ucrania, el Levante, Irán y ahora el Hindú Kush) configura una Tercera Guerra Mundial de carácter fragmentado pero sistémico.
La arquitectura jurídica internacional, basada en la Carta de la ONU, ha sido pulverizada por el uso de la fuerza sin mandato del Consejo de Seguridad, como se vio en la operación contra Irán. Estamos ante un cambio de era donde la disuasión ha fallado y la diplomacia ha sido sustituida por la lógica del hecho consumado. El riesgo de una escalada que involucre a potencias nucleares (como China, que observa con alarma sus intereses en el corredor económico Pakistán-China, o Rusia) es hoy más alto que en cualquier momento desde la crisis de los misiles de 1962.
El mundo no está esperando una guerra porque en realidad ya está inmerso en ella, solo que el frente de batalla es ahora un arco ininterrumpido de inestabilidad que abarca medio planeta.
