
En el universo, el debate de la polarización entre izquierda y derecha, no solo es estéril e inútil, no responde ni siquiera a un planteamiento serio de pensamientos ideológicos y políticos, al contrario, tiene que ver con la ubicuidad física de estructuras políticas, antes que de ideas sistematizadas y aplicables en la realidad. En el universo no hay izquierda y derecha, todo es relatividad y gravedad, y muy pocas cosas escapan a esas poderosas, pero no únicas fuerzas.
En la visión maniquea de los dogmáticos ambidiestros, la reconciliación de cualquier negociación política, no supera la visión de la confrontación y el conflicto y, por ende, priman las opciones del antagonismo, por encima de “medio justo” y el centro ecuánime, por encima del tercero excluido, por encima del pensamiento binario. Frecuentemente, la democracia, tiende a castigar a los extremistas y favorece o premia a los moderados, muchas veces vistos como tibios y/o “mediocres”, conflicto moral, si creemos, como dice La Biblia que a «los tibios Dios los vomita» (La Santa Biblia, Apocalipsis, versículo: 3:16). Así, el centro democrático, es la tendencia dominante y la hegemónica, en la consecución de políticas a la medida de las sociedades con amplias clases medias y sin bolsones mayoritarios de pobreza.
El origen de la izquierda y la derecha, tienen que ver con la espacialidad de la Asamblea Nacional que emano de la Revolución Francesa, el 14 de julio del año 1789, donde los representantes que apoyaban al Rey y a la agónica monarquía, más girondinos, se ubicaban en el lado derecho del salón, en tanto que los partidarios radicales y revolucionarios intolerantes, que querían limitar e incluso eliminar el poder del Rey, más jacobinos, se situaban físicamente al lado izquierdo de ese parlamento. Con el tiempo la distorsión se consolida y la tendencia de la contradicción entre izquierda y derecha se afianza, y comienza a residir fundamentalmente en una visión colectivista y otra individualista de la formación y consolidación de la sociedad, mismas que sea apoyaban en visiones ideológicas y no en espacios físicos, como en su origen material y no conceptual, absolutamente aparente y superficial, pero no real, solo espacial.
Karl Popper, decía en su obra la «Sociedad Abierta y sus Enemigos», que existían dos tipos de sociedades, las sociedades cerradas y las sociedades abiertas. La diferencia sustancial entre ambas, era que la «(…) sociedad cerrada -era- la sociedad mágica, tribal o colectivista, y -la- sociedad abierta aquella en que los individuos deben adoptar decisiones personales». Así, la sociedad abierta, generalmente la democracia, cuenta con instituciones, donde se aplica el Imperio de la Ley, que crea las condiciones para “(…) una mayor igualdad -que- sólo puede hallarse respaldado por el control institucional del poder» (Pooper K. R. (1982). «La sociedad abierta y sus enemigos»:171/339).
Sin embargo, la controversia de igualdad y desigualdad es filosófica y está en la base del pensamiento de Jean Jacques Rousseau quien cree en líneas generales, que los hombre somos iguales y deberíamos ser iguales y Federico Nietzsche, quien cree que existe una jerarquía entre los humanos, dichos pensamientos, se podría sintetizarse en el siguiente razonamiento: “(…) en nombre de la igualdad natural, el igualitario condena la desigualdad social; en nombre de la desigualdad natural, el no igualitario condena la igualdad social” (Bobbio, N. (2021) “Derecha e Izquierda”: 78).
En esa perspectiva, la institucionalidad del sistema democrático, permite que el poder no se concentre en una o pocas personas, sino, que este desconcentrado en las diferentes estructuras e instituciones del Estado. La democracia, como sociedad, lo más abierta posible, permite un proceso de construcción continuo y perfectible, retroalimentándose cada vez que se efectúa un acto electoral, permitiendo la alternancia del poder, conforme lo establece la ley y el equilibrio de poderes. Obviamente esta dinámica funciona en lo ideal y no necesariamente en lo real, donde tiende a distorsionarse por las pulsaciones autoritarias del “fenómeno humano”, del “mono desnudo”, en cualquier democracia.
Es más, siguiendo a Francis Fukuyama, observamos que la idea de reconocimiento se encuentra plasmada en la «República» de Platón que nos resalta: «(…) que hay tres partes en el alma: una parte que desea, una parte que razona y una parte a la que llama thymos, «ánimo» o «coraje». Esta idea jerárquica de la naturaleza humana, es la que queda “domestica” o neutraliza por la democracia, nos dice Fukuyama, la misma que fue denominada en la historia de varias maneras, «(…) no ha habido una palabra consciente para referirse al fenómeno psicológico del «deseo del reconocimiento»; Platón habla del thymos o «espiritualidad»; Maquiavelo, del deseo humano de gloria; Hobbes, de orgullo o vanagloria; Rousseau, de amour propre; Alexander Hamilton, de amor de la fama, y James Madison, de ambición; Hegel, de reconocimiento, y Nietzsche, de «la bestia con mejillas sonrosadas» (Fukuyama, F. (1992). “El fin de la historia y el último hombre”: 17).
En lo político en la historia, la concepción forzada de la izquierda ha supuesto que el Estado tome control de las decisiones y soluciones de los problemas de cada individuo en función del colectivismo, de allí, que enaltece un Estado centralista y omnipotente. Por su parte, la derecha, ahora llamada por el progresismo extrema-derecha, busca que cada individuo solucione y controle sus decisiones de forma individual, pero en el marco del respeto de la Ley de un Estado, que delimita donde termina la libertad individual de cada ciudadano y donde empieza la libertad de otros ciudadanos, eso sí, con respeto incólume a la propiedad privada y al libre mercado, excepto cuando esta derecha es realmente extrema y también busca un Estado absoluto, que lo controle todo, es en ese punto, donde acertadamente se dice, que los extremos se juntan y tienen el mismo fin, propugnar que quieren extinguir el Estado; la paradoja es, que a partir de fortalecer y entronizar el propio Estado.
La derecha y/o los “conservadores”, históricamente ha defendido a la familia, la nación, la religión y en un extremo a los corporativos de la sociedad, como mecanismos de ordenamiento y coerción social desde la base social, lógica que utilizan ahora los progresistas. A la derecha se le estigmatiza de “conservadora”, de tradicional y hasta vetusta, y a la izquierda se la prejuicia de renovadora, de promotora del cambio y/o la que busca la revolución total, cuando en realidad solo suplanta “elites” de poder, para dejar en manos de los peores, la kakistocracia, el manejo de la cosa pública.
Para Norberto Boobbio, los términos “derecha” e “izquierda” siguen estando vigentes en el lenguaje político” y sirven para explicar, describir y reflejar la realidad, se recurre con frecuencia a la búsqueda de encontrar matices entorno de ese vector que transita de izquierda a derecha o viceversa, pudiendo identificarse una centro izquierda (socialismo liberal), una izquierda moderada, una centro derecha (conservadores), una derecha moderada, que están más cerca del “medio justo”, del centro, que esta distante simétricamente en igual distancia, de la extrema izquierda y la extrema derecha. Así, derecha e izquierda son conceptos relativos, son lugares del espacio político, no definen contenidos o pensamientos políticos y menos una filosofía política. Por eso, es que no hay que confundir las nociones de izquierda y derecha, con sistemas de ideas o ideologías, propiamente dichas.
Los extremismos, ven la realidad de forma maniquea, dicotómica, para ellos, eres parte de los amigos o de los enemigos, no existe punto “medio justo”, no se concibe la neutralidad o el centro, existe más bien, todo lo contrario, una mirada binaria de la realidad del bien y el mal, del orden y la entropía, de la justicia y la injusticia, de la minoría y de la mayoría, de los demonios y de los ángeles. El centro, es el punto de encuentro de todo conflicto de extremos, donde se alcanza el mini-max para ambos, en la transformación o resolución de cualquier controversia o conflicto, aquella forma de pensamiento que, para Iván Guzmán de Rojas, suponía la lógica trivalente, que superaba de lejos, el sistema binario.
Fatalmente a las desigualdades tradicionales, se han sumado las contradicciones artificiales o no, que ha creado o promovido el progresismo y la cultura Woke, la izquierda contemporánea y “posmoderna”, que contrapone la humanidad a la ecología, la diversidad sexual a la heterosexualidad, el etnicismo al mestizaje, la mujer al hombre, la noción de identidad individual disociada, como por ejemplo, la tendencia ‘therians’ a la familia, incluso las religiones paganas y gnósticas a las religiones tradicionales, probablemente, con el propósito subyacente, de crear miedo para que el humano se limite en la tendencia creadora de poder continuar influyendo en la explosión demográfica global. Es decir, se castre mentalmente.
La izquierda y/o el progresismo, han buscado mayores contradicciones en la sociedad contemporánea, para impulsar “nuevas luchas” en función de otros “motores de la historia”, más allá de la “lucha de clases” del marxismo tradicional, situándose, según ellos, del lado de los más “débiles”, de los más “frágiles”, instaurando para ello un Derecho Positivo, más que un igualitarismo, discriminando la sociedad, y generando ciudadanos de primera clase (vulnerables) y de segunda clase (el resto), que niegan el reconocimiento democrático, como iguales a todos, negando la satisfacción de la pulsación del thymos a través de la democracia.
La amenaza actual al sistema político democrático, nos dice Francis Fukuyama, «(…) es nuestra propia confusión acerca de lo que está realmente en juego. Mientras que las sociedades modernas han evolucionado hacia la democracia, el pensamiento moderno ha llegado a un callejón sin salida, con su incapacidad de alcanzar un consenso sobre lo que es el hombre y lo que es su dignidad específica, y por consiguiente se halla en la incapacidad de definir los derechos del hombre. Esto habré la puerta a una exigencia hiperintensificada de reconocimiento de derechos iguales, por un lado, y por el otro a una nueva liberación de megalothymia (…) a pesar del hecho de que la democracia liberal constituye en realidad la mejor solución posible al problema humano» (Fukuyama, F. (1992). «El fin de la Historia y el último hombre»: 13).
En esa lógica, el pragmatismo estratégico del centro político, el “justo medio”, será una conducta que trate de neutralizar las ideologías o el posicionamiento de planteamientos de izquierda o derecha. Sera más bien, la búsqueda de actuar conforme la transformación de soluciones a conflictos de forma técnica, sin miramientos ideológicos y descarnada de visiones filosóficas y corrientes políticas maniqueas.
Afortunadamente, la neutralidad de la ciencia, la visión del tercero excluido, nos plantea que, en el universo, no existe ni izquierda, ni derecha, ni arriba, ni abajo. La esfera universal, precisa más bien de categorías mucho más complejas para comprender dimensiones no solo espaciales, sino, aquellas que están infinitamente más allá de lo humanamente comprensible y probablemente, donde incluso la inexistencia del tiempo-espacio, no solo anula las nociones de izquierda y derecha, sino, incluso las de pasado, presente y futuro.
Cabe recordar, que la visión responsable del maniqueísmo binario, entre izquierda y derecha, ha sido parte integral de nuestra tradición religiosa, que ha hecho que lo bueno este a la derecha del Padre y lo malo a la izquierda y sea parte de una subversión, cuando en realidad la política, por no tener moral alguna, está “más allá del bien y del mal”.
Cochabamba, 28 de febrero de 2026
