¿Cómo es que podemos creer que hemos renovado el impulso de la democracia en nuestro país? Son tres claves que si no se cumplen habremos fracasado: poder, legitimidad y rendimiento. Es de esperar que el sistema político vigente en el país sea moralmente correcto y adecuado, (excluido Lara) para ser la mejor forma de gobierno, de allí se deriva evaluar si un país es una democracia después de elecciones libres y justas. Las elecciones son libres cuando diversos partidos y candidatos pueden competir y hacer campaña, cuando las personas y los grupos pueden organizarse para apoyar a sus candidatos y criticar a los gobernantes y cuando existe voto secreto y baja violencia política. Las elecciones son justas cuando son administradas por funcionarios y tribunales imparciales, cuando existe igualdad de condiciones para acceder a los medios de comunicación y otros recursos, y cuando existe sufragio universal adulto y supervisión independiente de la votación y el recuento.
La democracia a nivel global, en el mundo entró en una recesión democrática alrededor de 2007, y esta recesión se ha profundizado por la protección desigual de las libertades civiles, la corrupción generalizada y un Estado de derecho débil o inexistente. El retroceso de la democracia se ha producido principalmente por la conculcación de los derechos políticos. La prueba de la democracia no es si un régimen mantiene presos políticos e impone un clima generalizado de miedo. Es si el pueblo puede elegir y reemplazar a sus líderes en elecciones libres y justas. El peso relativo de países que sustentaron tendencias de mayor endurecimiento de autocracias, además de polarización política y populismo liberal, nos hace comprender que aún nos encontramos en medio de una batalla contra una potente y prolongada recesión democrática, necesitamos de una estrategia para revertirla.
El poder importa, luchar contra el retroceso de la libertad y la democracia ha de ser posible si conseguimos cambios en el equilibrio del poder y el prestigio de los gobernantes (sigo excluyendo a Lara).
La democracia ejerce presión al poder y obliga, no solo en forma de sanciones, sino incluso en las formas de esfuerzos diplomáticos y declaraciones de principios, para oponerse al retroceso democrático y, de hecho, eliminar su existencia. Necesitamos mucho más que eso, permite la labor esencial de ayuda financiera y de apoyo técnico a las organizaciones democráticas, partidos, instituciones de gobierno, movimientos, medios de comunicación y procesos electorales. El retroceso de la democracia refleja una erosión más amplia de la confianza e impide una democracia consolidada. En esas dimensiones, aunque intangibles, es imperioso el ejercicio del poder. Aún tenemos mucho trabajo por delante para defender la integridad nacional y la autonomía de nuestras universidades, fomentar empresas y centros de investigación; desarrollar innovaciones tecnológicas; consolidar el rol de nuestras empresas privadas; regular a los medios de comunicación; integrar los gobiernos subnacionales, partidos políticos, organizaciones comunitarias y otras instituciones cívicas en los esfuerzos para consolidar un régimen poderoso y decidido. El poder sigue importando. Y eso incluye su elemento más básico y trágico: la capacidad de movilizar y repeler la violencia.
El poder y la legitimidad son dos caras de una misma moneda que determina quién gobierna. Cuanto más poder se pueda reunir, menos legitimidad se necesita. Y viceversa. Pero la legitimidad también es una forma de poder. La legitimidad democrática es una amplia aspiración a la democracia en todo el mundo. Esta creencia de legitimidad dentro la democracia sigue lo suficientemente extendida como para respaldar la afirmación de que la democracia es un valor universal. Existe una intrincada relación entre la legitimidad y el desempeño de un régimen. La creencia en la legitimidad de la democracia puede estar condicionada por la cultura y la historia, pero también está impulsada por el desarrollo económico y el desempeño del gobierno en comparación con los pasados. Los gobiernos no pueden basarse en la tradición como fuente de legitimidad, sino que deben demostrar que pueden resolver problemas y ofrecer lo que la gente espera de ellos. Un historial de desempeño efectivo, en la generación de crecimiento económico y oportunidades, la reducción de la pobreza y la desigualdad, la prestación de servicios sociales, el control de la corrupción y el mantenimiento del orden y la seguridad políticos, constituye una reserva de legitimidad que puede sostener al gobierno y a la democracia en tiempos de crisis.
La ilusión democrática más peligrosa es la vanidad de la permanencia, la noción de que, dado que la democracia se ha legitimado profundamente a través de desempeño efectivo, nunca se desmoronará, no alcanza. Una de las principales razones del deterioro de la gestión es su deficiente desempeño económico y político. Incluso cuando se nace con alta legitimidad y se tiene bajo rendimiento, se aplica la ley de la gravedad política. En algún momento, el gobierno bajo presión debe resistir y cumplir o, de lo contrario, ver cómo se desvanece el apoyo público, no solo para los partidos gobernantes, sino para el sistema. De transparencia hablaremos después.
