por Ricardo V. Paz Ballivian
A medida que se acercan las elecciones autonómicas del próximo 22 de marzo en Bolivia, las redes sociales y los grupos de WhatsApp, se han visto inundados por supuestas “encuestas” que anticipan ganadores, establecen tendencias irreversibles o instalan la idea de que la suerte ya está echada.

Nada más lejos de la realidad. No solo carecen de rigor metodológico, carecen, sobre todo, de sentido político.
El primer dato que quienes difunden estas mediciones suelen ignorar, o directamente ocultar, es demoledor, más del 50% del electorado no conoce a la mayoría de los candidatos. Y, en consecuencia, una proporción incluso mayor no ha tomado todavía una decisión de voto. Pretender medir preferencias electorales estables en un contexto de desconocimiento masivo no es ciencia política, es ficción.
Las elecciones autonómicas, además, tienen dinámicas propias. No se definen por alineamientos ideológicos rígidos ni por clivajes nacionales claros, sino por factores mucho más prosaicos y locales, el conocimiento personal del candidato, su trayectoria previa, la percepción de cercanía, la resolución de problemas concretos, la confianza (o desconfianza) que genera.
Cuando el elector aún no identifica rostros, propuestas ni equipos, cualquier porcentaje asignado es, en el mejor de los casos, una fotografía borrosa; en el peor, una manipulación deliberada.
A esto se suma otro mito recurrente, el llamado “voto a ganador”. Quienes publican encuestas sin sustento suelen apoyarse en la idea de que el elector boliviano vota mayoritariamente por quien “va primero”, arrastrado por una lógica de triunfo inevitable. La evidencia empírica, sin embargo, muestra lo contrario. La gente decide su voto por razones mucho más complejas, afinidad, rechazo, expectativas de gestión, identidad regional, castigo al poder de turno o simple evaluación comparativa entre opciones disponibles.
En contextos de alta indecisión, como el actual, las campañas importan. Importan los debates, los errores, los aciertos, los mensajes finales y, sobre todo, la capacidad de los candidatos de hacerse conocidos y creíbles en pocas semanas. Pensar que el electorado se comporta como una masa pasiva que sigue flechas ascendentes en gráficos de redes sociales es subestimarlo profundamente.
Las “encuestas” digitales cumplen, en realidad, otra función: instalar clima, condicionar percepciones, desanimar a unos y entusiasmar artificialmente a otros. No miden opinión pública; intentan fabricarla. Por eso no deben leerse como instrumentos de información, sino como piezas de (mala) propaganda.
De cara al 22 de marzo, conviene recordar una verdad básica de la democracia, el voto no se decide en Facebook ni en encuestas sin ficha técnica. Se decide en el corazón, en el hígado, en la cabeza, y a veces en el estómago, de ciudadanos que aún están mirando, evaluando y dudando. Todo lo demás es ruido. Y mucho humo.
