INFORMACIÓN Y VOTO

A la polémica por las encuestas electorales, ahora se debe añadir la discusión sobre los debates entre los candidatos que terciarán en las elecciones generales del 17 de agosto próximo a través de medios audiovisuales.
Ambas tienen un común denominador: ni las encuestas ni los debates cambian de posición a los ciudadanos, hombres y mujeres, que ya han decidido por quién votar, y su influencia en los indecisos, que tendrían que ser los beneficiarios de estos eventos, tampoco es gravitante, como coinciden muchos entendidos en estas materias.

Es que normalmente quienes ven con interés eventos son los seguidores de los candidatos que se enfrentan y más allá de cómo haya actuado su líder… reconfirman su opción previamente adoptada. Esto se desprende de los comentarios de la gente a través de las redes sociales una vez concluido el debate. Incluso en muchos artículos difundidos por las mismas redes realizados presuntamente en forma técnica e imparcial sobre el comportamiento de los interlocutores, ¡vaya casualidad!, se da la mejor calificación a quien es “su” candidato, y a continuación siguen los otros a los que encuentran diferentes cualidades y defectos que, también ¡vaya casualidad!, corresponden a las líneas de acción que salen de los “cuarto de guerra” de la alianza de su preferencia.

En cuanto a los indecisos, he recogido varios testimonios a lo largo de mi vida profesional que me permiten señalar que en muchos casos estos encuentros aumentaron, más bien, sus dudas sobre por quién votar.
Comentario aparte merecen articulistas de reconocida solvencia (pienso, por ejemplo, en Juan Antonio Morales), que con ponderación y rigor comentan la participación de los candidatos, aunque tampoco pueden negar la falta de sustancia en ellos, no tanto por culpa de los participantes, como de los formatos fijados previamente.

También llaman la atención algunas almas ilusas y plañideras que sintiéndose ser voz de la ciudadanía piden a sus candidatos preferidos “unirse” frente a quienes perciben sus enemigos, como si entre las diversas candidaturas en campaña no hubiera importantes diferencias, que precisamente sobresalen en los debates… demanda que confirma la hipótesis de que se escucha y entiende lo que se quiere y no lo que los candidatos dicen.
No es posible olvidar algunos duendes perversos que hacen que sobresalga en el debate el candidato que se detesta o que no ha participado en él… sorpresas tiene la vida.

Además, las regulaciones para moderar estos eventos impiden la fluida confrontación de ideas entre los candidatos, salvo excepcionales momentos en que algunos ponen zancadillas a sus adversarios. Obviamente, solo estableciendo esas regulaciones se pueden desarrollar debates con tantos participantes; de lo contrario, sería un pandemonio.
Otro tema que complica es la cantidad de candidatos convocados. El ideal sería que todos pudieran participar, pero, en ese caso, las audiencias caerían a lo máximo, como ya experimentamos en 2020, porque se convierten en un aburrido monólogo de cada uno.

Adicionalmente está el tema de quiénes moderan y qué atribuciones tienen. Además de la imparcialidad, es fundamental que tengan experiencia escénica para convertirlo en un acto atractivo, capaz de generar interés.

De ahí que organizar debates democráticos no es una tarea fácil, pues no se trata solo de convocar a los candidatos y listo.
Frente a esa realidad, pareciera que los espacios temáticos, organizados por sectores concretos, pueden ayudar más a la difusión de la imagen y propuestas de los candidatos, más aún di se puede usar correctamente los canales que nos ofrece la cibernética y cada quien se “pueda” colgar a una transmisión “en vivo”.

También se puede recuperar la entrevista a profundidad, en la que un panel plural lanza preguntas a cada candidato para que exponga con transparencia su propuesta electoral, su plan de gobierno y sus características personales. Con las nuevas tecnologías, la gente interesada podría mandar preguntas e inquietudes.
De lo que se trata, a fin de cuentas, es de que la ciudadanía sea motivada a participar activamente en las elecciones del 17 de agosto próximo y podamos elegir teniendo la suficiente información para hacerlo racionalmente, sin desmerecer, en todo caso, el toque de corazón e hígado que tiene esta acción.

Un aliciente para ello es recordar que el voto es la expresión más igualitaria del sistema democrático.

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